Dar lo mejor de uno mismo

Este el título del documento que acaba de publicar el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida con el fin de destacar el papel de Iglesia en el mundo del deporte. Realmente, me parece un estudio muy interesante y agradezco al amigo que me lo hizo llegar.

En primer lugar me preguntaba qué tendría que decir la Iglesia sobre el deporte. La respuesta la encuentro en las primeras líneas del documento: La Iglesia se acerca al mundo del deporte porque:

  • Desea contribuir a la construcción de un deporte que sea cada vez más auténtico y más humano.
  • Le interesa el hombre, todo el hombre y reconoce que la actividad deportiva incide en la formación de la persona, en sus relaciones, en su espiritualidad.
  • La Iglesia valora el deporte en sí mismo, como un campo de la actividad humana donde virtudes como la sobriedad, humildad, valentía y paciencia, pueden encontrarse y fomentar la belleza, la bondad, la verdad, y donde puede testimoniarse la alegría. Este tipo de experiencias pueden ser vividas por personas de todas las naciones y comunidades de todo el mundo, independientemente de su edad, del nivel social o nivel deportivo.

Este último punto me parece que realmente podría ser el resumen. En el deporte auténtico podemos ver, vivir, poner en práctica valores tan positivos y tan universales que realmente hacen que el deporte se pueda convertir en un espejo para la vida.

Son numerosos los valores que podemos valorar del deporte, en el documento describen algunos de ellos. Quiero destacar algunos de ellos con frases de Juan Pablo II y del papa Francsico. Parece un partido de tenis entre ellos, ahora me toca a mi, ahora a ti. Veamos:

Sobre el sacrificio:

La tecnología permite hoy a gente de todo el mundo tener a su disposición muchas cosas con una facilidad sorprendente. En este contexto, es fácil para una persona perder de vista la necesidad del esfuerzo y el sacrificio para conseguir alcanzar sus metas. “…y es también la lógica de la vida: sin sacrificio no se obtienen resultados importantes, y tampoco auténticas satisfacciones”, decía Juan Pablo II.

Sobre la alegría:

El Papa Francisco subraya la centralidad de la alegría en la vida del creyente…el deporte está llamado a estimular la alegría en aquellos que lo practican e incluso en los aficionados que con pasión presencian un deporte en todo el mundo.

Sobre la armonía:

Paradójicamente, al participar en lo que a nivel superficial parecen actividades puramente físicas como el deporte, podemos crecer en nuestro conocimiento de lo espiritual. Descuidar este aspecto de nuestro ser, socava nuestro crecimiento, nuestra salud y nuestra felicidad. Se nos pide que vivamos el deporte en y con el Espíritu, ya que como dijo San Juan Pablo II “Sois verdaderos atletas cuando os preparáis con constancia asumiendo las dimensiones espirituales de la persona, para un desarrollo armonioso de todos los talentos humanos”

Sobre la preseverancia y autocontrol:

Además, en la “cultura de usar y tirar” que el Papa Francisco denuncia a menudo, los compromisos duraderos con frecuencia nos asustan. A este respecto el deporte nos ayuda a mejorar enseñándonos que vale la pena comprometerse con desafíos a largo plazo. Además, superar dificultades como las lesiones y resistir a la tentación de hacer trampa en un juego ayuda a fortalecer el propio carácter a través de la perseverancia y autocontrol.

Sobre la creatividad:
Para alcanzar sus objetivos dentro de las normas establecidas, el atleta tiene que ser muy creativo. Tiene que buscar sorprender a su rival con un nuevo o inesperado truco o estrategia. Por esta razón, los atletas creativos están altamente valorados.

Sobre la valentía:
La Iglesia, siguiendo a Santo Tomás de Aquino, nos enseña que la valentía representa un punto medio entre la cobardía y la temeridad. Esto es así porque para ser valiente es necesario que hagamos lo que es bueno, lo correcto, y no lo que es más fácil o conveniente.

Conclusión:

 

El deporte puede ser reflejo de la vida. El documento que hemos comentado así me lo confirma, ya el título podría resumirlo: “Dar lo mejor de uno mismo”. Cuando una persona da lo mejor de sí misma, experimenta la alegría del deber cumplido. Todos quisiéramos poder decir un día, con San Pablo: “He peleado hasta el fin el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado la fe”.

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